Colonia del Sacramento: Lo pasado, paseado…

“Caminando por la alameda, elevando levemente mi falda para no pisotear el vestido con mis zapatos que hacían tiqui tiqui tiqui contra el adoquín. Cruzando tímidamente la mirada con algún soldado portugués con el que me topaba y evitando el contacto visual con alguno de esos descuidados marineros que pasaban, mirando a través de las farolas que ya se encendían en dirección contraria al faro, que ya comenzaría su labor tan beneficiosa para la ciudad. Cotilleando de vez en cuadra con mi amiga Edita, que tenía esa frescura de otras tierras… cuando se hicieron las 5 y debía dirigirme a la embarcación…” para volver a la actualidad.

Colonia del Sacramento, se encuentra a escasos 50 kms. de Buenos Aires y es un destino muy atractivo, sobre todo para alguien que vive en la capital porteña hace casi 3 meses y su permiso de permanencia está por vencer (ja!).

Había escuchado sobre lo linda que era Colonia. Pero la verdad no había investigado mucho al respecto y me urgía renovar mi situación turística. Así que compré un pasaje de ferry para el destino extranjero más cercano que tenía.
Esto me llevó a un sábado frío y muy tempranero para mi gusto, en el que me tomé un barquito que en no más de una hora me dejó en la costa uruguaya, sin equipaje ni demasiada expectativa a cuestas.

Al llegar, me compré un café para despabilar y, como el ticket incluía un mini tour, tuvimos una caminata introductoria que me puso en contexto. Colonia del Sacramento es un pueblito que estuvo en puja entre españoles y portugueses hace algunos siglos. Por eso, es que al caminar por las callecitas se puede ver una hermosa mezcolanza de construcciones coloniales y viviendas de estilos arquitectónicos de ambas culturas. Esa amalgama tan singular, hace que te sientas disparejo con el entorno.

Calle en Colonia del Sacramento
Las callecitas de Colonia

De esta manera, mi pequeño escape a la legalidad estaba dándome una grata sorpresa: Me encontré con un lugar encantado, que había hecho stop con el mismísimo tiempo. De esos que solo se ven en las películas.

Árboles Colonia del Sacramento
Hasta los árboles parecían sacados de un cuento.

Para arrancar, podría decirse que la ambientación de la ciudad nos recibía con un enorme portón antiguo llamado: El Portón de Campo. A sus costados se observaban los restos de una muralla de no creer: ¡Tenían una fortaleza con puente elevadizo incluído!.

Entrada a la Fortaleza de Colonia
El Portón de Campo

Prosiguiendo la caminata por el barrio, nos cruzamos con miles de perros antes que con personas y me remonté a la época donde lo que hoy son museos, eran hogares de virreyes, soldados, marineros buscando diversión en tierra firme, etc.

Caminando por el pasado
¿Quiénes paseaban por estas calles hace unos siglos?

La amable guía se despidió, dejándonos recorrer el pueblo por nuestra cuenta y ahí fue cuando entablé conversación con Edita, una lituana que también venía “solari” y que se convirtió en mi compañera de ruta desde ese momento.

Imagínense estar en Uruguay, con fachada portuguesa-española y escuchando historias de una lituana que vive en Holanda pero que está de paso por Buenos Aires, en inglés. ¡Una ensalada cultural!.

Nuestro recorrido se convirtió en una especie de “Museum Crawl”. Aparte de ser uno gigante en sí misma, en Colonia hay aproximadamente 8 museos, por la mayoría de los cuales nos pegamos una vuelta.

El que más me llamó la atención es el de los Azulejos: Está ubicado en una casita pequeña bordeando el puerto y sus azulejos pintados a mano son verdaderas obras de arte.

El día estaba hermoso y en conjunción perfecta con el entorno. Si bien hacía frío, el sol trabajaba de calefactor natural. Por un lado, nos hipnotizaba la costa del Río de la Plata, y por el otro nos coqueteaban las callecitas y las enredaderas.

Puerto de Colonia
Puerto de Colonia

Tanta historia y paseo nos dió hambre. Así que fuimos a uno de los puestos que tenía vista al río. La amena charla, con rica comida de por medio, fue un muy buen break para continuar con la caminata. Esta vez fuimos al mirador, que en realidad es un faro. Una escalera bastante angosta es la conexión al punto más alto desde el que se puede ver una panorámica de toda la ciudad y el río que la rodea.

Abajo, y por primera vez en todo el paseo, nos salimos del cuento y rozamos con la cotidianeidad uruguaya. En una pequeña feria, dos artesanos muy tranquis entre mate y porrín, nos dieron la bienvenida cordialmente.
Nosotras, por nuestra parte, preferimos tomar un helado, que por cierto estuvo tan rico como caro (ha de ser ese el precio del sabor españo-portugués del que tanto hablan…).

Amables artesanos uruguayos
Amables artesanos uruguayos

Suspiros y más suspiros…

Como si la ciudad no engendrase ya suficientes suspiros de por sí, caminando un par de metros, en un abrir y cerrar de ojos nos encontramos con la Calle de los Suspiros. Me dió la sensación de que el llamativo nombre era mucho más que eso: Ese callejoncito de adoquines sin veredas fue testigo de muchas historias, que tal vez mis oídos nunca escucharán.

Calle de los Suspiros
Llegamos a la Calle de los Suspiros… aaah…

De hecho, lo primero que quise saber es por qué se llamaba así: Una versión, a la que más me inclino, cuenta que los marineros llegaban después de mucho tiempo de navegar en busca de aventuras terrestres. Ahí los recibían señoritas que se dedicaban al “coqueteo”, arrancándoles profundamente el aliento. La otra, más densa, dice que los condenados a muerte eran llevados en esa dirección a su destino final: el río, por lo que sus últimos jadeos los daban sobre esta vía. Una tercera leyenda, más poética, recita que la pendiente hace que el viento emita un arrullo que recuerda a un suspiro. Y la última, la trágica, habla de una jovencita esperando a su amado bajo la luz de la luna, cuando un hombre enmascarado le clavó una daga al corazón y sólo se escuchó su respiración del adiós…

En fin: que cada uno elija la historia que más le guste.

No hay veredas en la Calle de los Suspiros
En la Calle de los Suspiros no hay veredas

Al caer la tarde, el paseo fugaz terminó y ya en el ferry camino a la capital porteña pensé en todo lo que vi y conocí en unas pocas horas, y me alegré de haber dejado mi cita con migraciones para última hora. 🙂

 


RECOMENDACIONES E INFO ÚTIL

Cuánto tiempo quedarse
En un día, como hice yo, podés recorrer todo o casi todo el pueblo. Pero muchos lugareños insisten en que te quedes a ver el atardecer allí. Así que dos días serán más que suficientes.

Cómo llegar
Desde Buenos Aires: En ferry (hay uno de una hora y otro de tres). Podés pegarte una vuelta si estás yendo a Montevideo (180 kms. de distancia aprox). Los pasajes se compran en Buenos Aires y existen dos empresas que hacen el servicio: Buquebus y Colonia Express (yo fui con la última).
Desde otras ciudades de Uruguay, podés tomarte un bus.

Costos y moneda
Los precios no son los más accesibles del condado. Pero podés considerarlo como un viaje en el tiempo. No debería ser barato, no?
La empresa más económica vende los pasajes ida y vuelta en el día a 40 USD. aproximadamente. Si te quedás más días, no varía demasiado, así que es para considerarlo.
Los museos también se pagan, pero comprando un ticket podés entrar a todos por solo 50 pesos uruguayos.
IMPORTANTE: Asegurate de llevar pesos uruguayos o de última dólares, porque tus pesos argentinos no serán bien recibidos.

Cómo moverse ahí
1. Tus pies: Siendo el más antiguo medio de transporte, te llevará a la velocidad adecuada para apreciar todos los detalles.
2. Buses. Hay unos colectivos naranja que pasan cada media hora. No los necesitarás a menos que quieras ir al otro lado de la ciudad.
3. Ruedas. Podés alquilar un carrito de golf, una moto o una bici.

Conocé la historia
Si tu pasaje incluye guía: aprovechalo. Visitá los museos y hacele preguntas a los encargados. Y, por supuesto, hablá con los lugareños.

Comé. Probá.
Llevar snacks para alivianar tu bolsillo es una opción, pero no podés dejar de darte el gusto y degustar lo que hay en sus locales gastronómicos. Tu lengua te lo agradecerá.

Deja un comentario